sábado, 31 de octubre de 2009

La hoguera y el punto G



Hace tiempo, en uno de esos arrebatos de la escritora que se cree mujer y sólo hace alarde de lo segundo, parafraseando a la Celine Dione escribí una frase que hoy súbitamente arremetió contra mí: “I hate you, then I love you mientras muero en la hoguera y rebusco mi punto G”. Leí y las palabras se me hincaron en la piel como dardos revolviendo las ganas de decir pospuestas por las excusas más insípidas y alborotando el avispero; el avispero que toda mujer lleva consigo cuando la nostalgia empina el codo en un estómago aplanado a fuerza de velcro y ojales que desde hace mucho, de los únicos puntos que creía saber era de aquellos que no tuvieron final y se volvieron seguidos, suspensivos, y en este caso, un inodoro e incoloro punto y aparte que no era ni chicha, ni aparte, ni nada.

No hay amor, no hay sexo, decía la teoría en la lección que me inculcaron y que yo, cuando era una niña limpia y pura, terminé creyendo. Y escribo los adjetivos y me pregunto a quién carajo se le ocurrió relacionar el amor con el sexo, o más bien los placeres de la carne con cosas sucias cuando es bien sabido que todos giramos y nos desvivimos por un polvo, un buen polvo. Y sé que aseverar esto me va a traer consecuencias con las que habré de lidiar, pero a fin de cuentas, qué es una raya más para la culebra que habito y que me vuelve mansa de vez en vez.

No hay amor no hay sexo repetía la muchachita y se aferraba al que le inspiró la cursilísima oración y aquellos ciclos sin finales hasta que una noche, después de un trago y tres merengues bien apretados, tras dos años del amigo que volvió con el facebook, se le olvidó la lección y con los ojos más abiertos que cuando flotaba inventando un mundo ideal que la amarraba de un tobillo, se permitió el lujo de una cita en la que el amor se fue de farra y ella se procuró cinco orgasmos con el recurso que tenía a los dedos, a la boca, a los pies, a las ganas.

Entonces hoy abro el cuaderno y la frasecita me puya un ojo, me da escozor y me echa a la hoguera; sobrevive mi punto G, el amor y el odio que se vayan de paseo mientras la chiquilla se desquita y se pone al día con las artes corporales.